"En realidad, ¿qué diablos hace allí? Erdosain guiña un párpado, tiene conciencia de que le está haciendo trampa a Dios, de que representa la comedia de un hombre que no ha podido desviar la maldición de Dios. Sin embargo, ante sus ojos pasan a momentos ráfagas de oscuridad, y una especie de embriaguez sorda se va apoderando de sus sentidos. Quisiera violar algo. Violar el sentido común. Si por allí hubiera una parva le prendería fuego... Algo repugnante abotarga su rostro: son las expresiones torvas de la locura; de pronto mira un árbol, da un salto, alcanza una rama, se aferra a ella y prendiéndose con los pies al tronco, ayudándose con los codos, logra encaramarse hasta la horqueta de la acacia.
Le resbalan los zapatos en la corteza lustrosa, los ramojos le fustigan elásticamente el rostro, alarga el brazo y se coge a una rama, asomando la cabeza por entre las hojas mojadas. La calle, abajo sigue en declive hacia un archipiélago de árboles.
Está arriba del arbol. Ha violado el sentido común, porque sí, sin objeto, como quien asesina a una transeunte que se le cruzó al paso, para ver si luego puede descubrirlo la policía."
Roberto Arlt, Los siete locos.
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