miércoles, 5 de mayo de 2010

Macedonio, II

El hombre no conoce la dignidad de la desesperación definitiva si no es con el indigno motivo de haber de morir; con sus juguetes de la ciencia, del arte, del progreso (la más estúpida de sus ideas), de la reforma social, que le parecen tan graves y que adula y realza utilizando el contraste con la frivolidad de las preocupaciones femeninas puestas en el bello vestir, lo que solamente pide él es no morir nunca. Es un estretenido y un longevista y por tanto un ente sin Pasión. En cuanto al verdadero sentimiento de lo gracioso en la conducción, actitudes y vicisitudes de la vida, no lo tiene tampoco en grado comparable. Beethoven parece la desesperación misma; pero no quisiera haber tenido yo la oportunidad de mirarle a la cara en el trance de ofrecérsele una opción entre cometer algo ruin o renunciar a quince días más de su senectud miserable. ¿Cómo puede tener gracia, gracia real no su simulación artística, un ser que vive en la preocupación principal de no dejar de vivir nunca, a ser posible? Tampoco es accesible a otra desesperación que la de cesar de vivir.

de Una novela que comienza. Macedonio.

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