Veintiocho muchachos se bañan en la orilla,
veintiocho muchachos y todos tan alegres y cordiales;
veintiocho años de vida de mujer tan solitarios.
Ella es dueña de la mansión que se levanta junto al barranco,
se oculta elegante y distinguida tras los postigos de la ventana.
¿Cuál de los muchachos le gusta más?
Ah, aún el menos agraciado le parece hermoso.
¿Adónde vas, señora? Te estoy viendo, sí,
te zambulles en el agua, aunque permaneces inmóvil en tu cuarto.
Bailando y riendo llegó a la playa la bañista vigesimonovena,
los demás no la vieron, pero ella sí que los vio y los amó.
Las barbas de los jóvenes brillaban húmedas, el agua se escurría por sus largos cabellos,
pequeños arroyuelos recorrían sus cuerpos.
Una mano invisible recorrió sus cuerpos,
descendió trémula desde sienes y costillas.
Los jóvenes flotan de espaldas, los blancos vientres asoman bajo el sol, no preguntan quién los estrecha junto a sí,
no saben quién jadea y se inclina, suspensa y encorvada como un arco,
no imaginan a quién salpican con la espuma.
extracto de Canto de mi mismo, de Hojas de hierba. Whitman.
miércoles, 5 de mayo de 2010
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