miércoles, 5 de mayo de 2010

Whitman, II

Viajeros y suplicantes me rodean,
personas que encuentro a mi paso, huellas que en mí ha dejado mi vida temprana, o el barrio y la ciudad en que vivo, o la nación,
los últimos sucesos, los descubrimientos, los inventos, sociedades, viejos y nuevos escritores,
mi comida, atuendo, compañeros de trabajo, miradas, cumplidos, obligaciones,
la indiferencia real o fingida de algún hombre o mujer que amo,
mis dolencias o las de mi gente, contrariedades, pérdidas o falta de dinero, depresiones o exaltaciones,
las batallas, los horrores de la guerra fraticida, la ansiedad ante las noticias inciertas, los acontecimientos azarosos,
todo esto viene a mí día y noche y se va otra vez de mí,
pero no constituye mi Yo en sí mismo.

Más allá de forcejeos y tensiones se yergue lo que soy,
se yergue jovial, complacido, piadoso, indolente, unitario,
mira hacia abajo, erecto o apoyando el brazo sobre algún sostén impalpable,
atisbando con el rostro inclinado lo que habrá de suceder,
a la vez dentro y fuera del juego, observándolo maravillado.

Vuelvo los ojos a los días en que me debatí en medio de la niebla de lingüistas y contendientes,
no traigo escarnios ni refutaciones, atestiguo y espero.


extracto del poema Canto a mi mismo, de Hojas de hierba. Whitman.

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